Un mundo que cuida
a los suyos.
"¿Quienes son los que sufren?
No sé, pero son los míos."
Pablo Neruda
Un mundo
sin fronteras.
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Un mundo justo
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Primeras relaciones en la infancia y la adolescencia

En la infancia temprana entablamos nuestras primeras relaciones y éstas son fundamentales tanto para el establecimiento de relaciones futuras, como para lograr los retos y las tareas de cada momento vital.

Desde la psicología se da gran importancia a la calidad del vínculo con las relaciones primarias (padres, tutores, o personas que cumplan con la función de cuidar) ya que ayudan a sentar las bases para que la vida psicológica y emocional se desarrollen con normalidad. Aún cuando se establecerán varios vínculos en el transcurso de la vida, las primeras relaciones son cruciales. Este vínculo primario se refiere a la relación que tiene lugar entre un bebé y sus cuidadores, y cuya calidad contribuye en gran parte, a que ese nuevo ser tenga seguridad física y emocional. Sobre esta idea se podría decir que un adecuado desarrollo se apoya en la presencia de estas“figuras de apego”. Cuando las figuras cuidadoras cumplen con la tarea de calmar la angustia o la ansiedad que puede llegar a experimentar un bebé en momentos de estrés o exceso de estímulos, podríamos hablar de que cumplen una función de “apego seguro”. Es importante nombrar que hay otros tipos de apego menos positivos que no cumplirían esta función reguladora, generando rechazo, enojo, exceso de vinculación o bien, ambigüedad en la relación.

Es así como el apego seguro juega un papel esencial para tener relaciones de calidez, confianza y seguridad, facilitando la expresión y regulación emocional, además de ayudar a tejer bajos niveles de tristeza, rabia y miedo en etapas posteriores.

En la adolescencia la relación con las figuras cuidadoras no es menos importante y aunque el adolescente buscará otras relaciones de apoyo en sus amigos o pareja, en esta etapa de transición la familia sigue siendo el eje primario por ser el círculo donde el joven ha estado inmerso desde la infancia. Esta transición que está marcada por cambios tanto biológicos (por ejemplo hormonales) como psicológicos, debe tener como resolución en términos más o menos normales,  que el adolescente vaya formando su propia identidad y vaya consiguiendo su autonomía personal. Por esta razón el funcionamiento más o menos normal de la familia sobre una capacidad adecuada de resolución de conflictos y la cohesión entre sus miembros, aportará un mayor bienestar en la vivencia de la adolescencia.

El afecto, la supervisión, el establecimiento de límites, el que los hijos confíen aspectos de su vida privada a los padres y el humor existente en la relación, han sido considerados como impulsores del desarrollo positivo en los adolescentes. De ahí que las relaciones asertivas entre padres e hijos faciliten el aprendizaje de comportamientos positivos como la empatía, ayudando a su vez, a la inhibición de comportamientos como la agresividad.

Por el contrario, el conflicto entre los padres o la falta de cercanía de éstos con los hijos parece estar relacionado con un peor desarrollo psicológico y emocional. En este sentido cabe hacer distinción entre este tipo de supervisión y el control autoritario ya que, al parecer, éste puede contribuir al desarrollo de actitudes de pasividad, conformismo y a la falta de adquisición de habilidades de comunicación tan necesaria en los adolescentes, lo que en ocasiones puede llevar a hacer uso de la agresión física o verbal para relacionarse con los demás. De manera similar y en situaciones más graves como por ejemplo el maltrato sufrido en la infancia, guarda relación con un mayor riesgo de ejercer violencia de género en caso de ser hombre y de ser víctima de la misma en caso de ser mujer.

Finalmente, se destaca como una de las funciones más importantes de los padres (o de las personas que desempeñen este rol) el control parental positivo, el cual supone en buena medida que esa supervisión y establecimiento de límites ayuden a consolidar  una autonomía en proceso de desarrollo.  Si bien es cierto que la labor de la educación cuenta de entrada con una brecha generacional que complejiza la relación entre padres e hijos adolescentes, es un reto enfocar a los jóvenes hacia vinculaciones más sanas e igualitarias en su presente y su futuro.

Natalia Zuloaga, Febrero 2020

Referencias

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